
Es cierto que hablar de espiritualidad en general es hablar de todo y de nada, por eso en esta crítica la espiritualidad será entendida como lo que representa en el cristianismo, a saber, un ser, una vida, es decir, un existir creyente en el misterio de la salvación por medio de Cristo.[1]
Todo empieza cuando la dogmática trinitaria, amparada en un principio escolástico, hace una separación entre la teología y la espiritualidad, haciendo ver que la doctrina no tiene que ver con la experiencia de vida, y limitando cualquier posibilidad para que la dinámica existencial ilumine o diga algo sobre la teología. Por ende, la experiencia trinitaria de los Santos ha sido obviada a la hora de elaborar un discurso lógico al respecto, de modo que el interés por rescatar esa dimensión espiritual que debería tener presente la sistematización del discurso sobre la Santísima Trinidad es una tarea importante, dado que significa restablecerla y, a la vez, dotar de sentido el misterio trinitario en una época en la que prima la indiferencia y la desazón ante una superestructura dogmática un tanto vieja y que proyecta ser irreal en tanto sus conceptos, que no hablan de relación ni de experiencia, parecen ser un artificio.
Así, la crítica ante el concepto ‘Trinidad’ no desconoce su utilidad, pero reconoce sus límites dado que ya son poco más de veinte siglos de vida cristiana en la que no se tiene un sentido trinitario de la existencia, y lo demuestra el hecho de que cuando hablamos de Dios pensamos en una realidad indiferente de si es Padre, o si Hijo, o si Espíritu Santo, es más, poco se piensa si con ello nos referimos a alguna de aquellas personas, pero cuando hablamos de la Trinidad sí pensamos en las tres divinas personas, aunque como asunto filosófico, confluyendo las categorías ‘Dios’ y ‘Trinidad’ en una distorsión del misterio cristiano en cuanto se habla del mismo como de un objeto filosófico, que es diferente a reconocer que del misterio se hable en términos filosóficos.
Entonces, para ampliar lo dicho, entra a consideración un avance de la física cuántica[2] que por sus propios descubrimientos está cada vez más alejada de las concepciones materialistas-atomistas del mundo, acercándose a la convicción de que la última realidad del universo es el espíritu, que según la terminología física es entendido como energía, desde el cual es pensable y cognoscible la materia. Y este descubrimiento científico tiene su correspondencia exacta en las experiencias místicas, aunque para la ciencia el espíritu es apersonal, y así se inclina por las místicas monistas o cósmicas, distintas de las místicas de tipo personal cuya base es la fe en un Dios personal. Consecuentemente, la pregunta que surge es si el Espíritu es apersonal-cósmico, o si es Padre, Hijo y Espíritu Santo, es decir, si es la Santísima Trinidad. Por tanto, ya aquí se ha llegado al clímax de este breve artículo, que consiste en subrayar la importancia de la espiritualidad a la hora de hablar del Dios cristiano, de la Santísima Trinidad, porque de no ser así, por una parte, la dogmática por sí misma cada vez será tenida menos en cuenta en tanto habla de una realidad personal de forma incompleta o contradictoria por no incursionar en el campo de la relación que tal misterio, entendido como persona, conllevaría, propio de la dimensión espiritual humana; por otra parte, si no se reconoce la espiritualidad al hablar del espíritu, que para el cristiano es la Santísima Trinidad, el discurso sobre la Trinidad confluiría en un sincretismo con la ciencia donde se termine diciendo que el fin del hombre al morirse es integrarse al cosmos. Este tipo de postura es apersonal, a-trinitaria, y por lo mismo carente de afectividad, de pasión, de amor.
[1] Esta definición fue sustraída de unas notas de clase de “Fundamentación Sistemática de la Pastoral” de la profesora Socorro Vivas, de la Pontificia Universidad Javeriana – Bogotá.
[2] GUERRA, Santiago, “El misterio trinitario como tema teológico-espiritual”, en Revista de Espiritualidad 238, Madrid, 2001, pp. 49-73.
Todo empieza cuando la dogmática trinitaria, amparada en un principio escolástico, hace una separación entre la teología y la espiritualidad, haciendo ver que la doctrina no tiene que ver con la experiencia de vida, y limitando cualquier posibilidad para que la dinámica existencial ilumine o diga algo sobre la teología. Por ende, la experiencia trinitaria de los Santos ha sido obviada a la hora de elaborar un discurso lógico al respecto, de modo que el interés por rescatar esa dimensión espiritual que debería tener presente la sistematización del discurso sobre la Santísima Trinidad es una tarea importante, dado que significa restablecerla y, a la vez, dotar de sentido el misterio trinitario en una época en la que prima la indiferencia y la desazón ante una superestructura dogmática un tanto vieja y que proyecta ser irreal en tanto sus conceptos, que no hablan de relación ni de experiencia, parecen ser un artificio.
Así, la crítica ante el concepto ‘Trinidad’ no desconoce su utilidad, pero reconoce sus límites dado que ya son poco más de veinte siglos de vida cristiana en la que no se tiene un sentido trinitario de la existencia, y lo demuestra el hecho de que cuando hablamos de Dios pensamos en una realidad indiferente de si es Padre, o si Hijo, o si Espíritu Santo, es más, poco se piensa si con ello nos referimos a alguna de aquellas personas, pero cuando hablamos de la Trinidad sí pensamos en las tres divinas personas, aunque como asunto filosófico, confluyendo las categorías ‘Dios’ y ‘Trinidad’ en una distorsión del misterio cristiano en cuanto se habla del mismo como de un objeto filosófico, que es diferente a reconocer que del misterio se hable en términos filosóficos.
Entonces, para ampliar lo dicho, entra a consideración un avance de la física cuántica[2] que por sus propios descubrimientos está cada vez más alejada de las concepciones materialistas-atomistas del mundo, acercándose a la convicción de que la última realidad del universo es el espíritu, que según la terminología física es entendido como energía, desde el cual es pensable y cognoscible la materia. Y este descubrimiento científico tiene su correspondencia exacta en las experiencias místicas, aunque para la ciencia el espíritu es apersonal, y así se inclina por las místicas monistas o cósmicas, distintas de las místicas de tipo personal cuya base es la fe en un Dios personal. Consecuentemente, la pregunta que surge es si el Espíritu es apersonal-cósmico, o si es Padre, Hijo y Espíritu Santo, es decir, si es la Santísima Trinidad. Por tanto, ya aquí se ha llegado al clímax de este breve artículo, que consiste en subrayar la importancia de la espiritualidad a la hora de hablar del Dios cristiano, de la Santísima Trinidad, porque de no ser así, por una parte, la dogmática por sí misma cada vez será tenida menos en cuenta en tanto habla de una realidad personal de forma incompleta o contradictoria por no incursionar en el campo de la relación que tal misterio, entendido como persona, conllevaría, propio de la dimensión espiritual humana; por otra parte, si no se reconoce la espiritualidad al hablar del espíritu, que para el cristiano es la Santísima Trinidad, el discurso sobre la Trinidad confluiría en un sincretismo con la ciencia donde se termine diciendo que el fin del hombre al morirse es integrarse al cosmos. Este tipo de postura es apersonal, a-trinitaria, y por lo mismo carente de afectividad, de pasión, de amor.
[1] Esta definición fue sustraída de unas notas de clase de “Fundamentación Sistemática de la Pastoral” de la profesora Socorro Vivas, de la Pontificia Universidad Javeriana – Bogotá.
[2] GUERRA, Santiago, “El misterio trinitario como tema teológico-espiritual”, en Revista de Espiritualidad 238, Madrid, 2001, pp. 49-73.
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